A Propósito de Simón, que ya calza 37

Yo me acuerdo cuando calzaba 37 porque quedé atrapado allí por muchos años.

Antes nunca había tenido problemas en descender hasta el piso y andar descalzo: pies sucios, tierra húmeda, granito frío, arena caliente, cariños de mi mami pasando por el lado de la cama, jalón del dedo gordo por mi papi. Llegué al 37 y la distancia entre el piso y el borde del zapato se transformó en un precipicio insalvable de una altura tal que equivalía a esa que hay entre el ser niño y querer ser grande. Decidí, espantado, no moverme de ahí para evitar el vértigo. La vida y mis pies crecieron y lo grande se volvió pequeño, y lo pequeño más pequeño. Menos mal descubrí las cholas, desde ellas se brinca más fácilmente al piso –no sin uno que otro rasguño– y todo se vuelve grande de nuevo (y yo pequeño).

A Simón cómprale unas cholas desde ya.

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